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En las papeleras, el país vecino pone en juego una idea de soberanía
que no corresponde a quienes firman tratados internacionales.
Julio Barboza EMBAJADOR RETIRADO, EX MIEMBRO DE LA COMISION DE DERECHO
INTERNACIONAL DE LAS NACIONES UNIDAS
Dos grandes magnitudes campean en el asunto de las papeleras uruguayas:
el interés nacional y la soberanía. La segunda, que suele
originar los mayores espejismos, tiene en realidad dos caras, como Jano,
sólo que una no es muy visible. Nuestros vecinos orientales ven
su aspecto positivo; ellos en su territorio pueden hacer lo que les venga
en gana. Nosotros, en cambio, percibimos su lado exclusivista: que no
se perturbe nuestra integridad territorial con contaminación, ni
que se perjudique el libre goce de nuestro territorio.
Corolarios igualmente válidos de la soberanía, dieron lugar
a un viejo pleito en los "ríos internacionales", esto
es, los que atraviesan o separan Estados. La doctrina Harmon, que pretendía
que Estados Unidos podía hacer lo que quisiera, en su territorio,
con ríos que iban a parar a México, jamás fue tomada
en serio y hoy el agua de los ríos internacionales es un recurso
natural compartido entre los Estados ribereños.
De forma que el Uruguay sí debe tener cuidado con lo que hacen
sus papeleras porque el derecho internacional, que algunas autoridades
importantes actuales y pasadas del Uruguay alegremente invocan
en su favor, dista mucho de mirar con buenos ojos la actitud que adoptaron.
Y aquí entra el interés nacional. No hay país más
cercano al nuestro, en todo sentido, que el Uruguay: la región
del Plata es una sola zona humana dividida en dos por una frontera que
existe más por factores de política internacional de la
época, allá por 1828, que por incompatibilidad de coexistencia.
Nuestras luchas civiles no conocieron esa frontera, como pueden atestiguarlo
tanto don Frutos Rivera como don Manuel Oribe, y la guerra del Paraguay
se originó en una cuestión interna de la Banda Oriental.
Huelga recordar la expedición de los 33 Orientales, que zarpó
de Buenos Aires y el Congreso de la Florida, y los tantos sucesos de guerra
y de paz que sellaron nuestra relación a lo largo de la historia.
Somos hermanos de sangre, eso es sabido.
Pero los españoles tienen un dicho aplicable también, y
acaso principalmente, entre hermanos: "las cuentas claras y el chocolate,
espeso". Y las cuentas aquí no son claras. No son claras porque
ya es de público conocimiento que el Uruguay no ha cumplido con
su obligación internacional hacia nosotros, y no hubo forma de
que la cumpliera no obstante las penurias de la delegación argentina
en el grupo de alto nivel que sesionó por seis meses, penurias
fielmente reflejadas en el informe aparecido en la página Web de
la Cancillería.
¿Dónde figura esa obligación? En el derecho internacional
y más específicamente en el tratado entre nuestros países,
que se llama Estatuto del Río Uruguay y que dice claramente qué
deben hacer ambas partes cuando emprendan una obra nueva que pueda afectar
la ecología del río. Porque lo que no puede hacer ninguna
de las dos partes es contaminar ese sistema ecológico, producir
en él un "daño sensible" en los términos
del tratado. Cuando un Estado ingresa en un tratado abdica de cierta porción
de su soberanía, de lo contrario, ¿para qué suscribirlo
si después no lo va a cumplir porque es soberano? La Argentina
tiene el derecho de oponerse a la contaminación del sistema del
río Uruguay y Uruguay el deber de encontrar un método no
contaminante para producir su papel.
Es tan simple como todo eso. Pues bien, lo primero que deben hacer las
partes del Estatuto citado es notificar la realización de una obra
nueva y proveer toda la información necesaria a la otra parte para
que ésta pueda formarse su propio juicio respecto al impacto que
tendrá en su territorio. Los uruguayos dieron autorizaciones unilaterales
a las papeleras y a nosotros nos dijeron que se utilizará el método
Kraft. Pero dicho método es contaminante y para que no lo sea,
o lo sea lo menos posible, deben tomarse muchas otras medidas, como el
tratamiento de los efluentes líquidos, sólidos y gaseosos.
Es un asunto muy complejo, pero a menos que nos digan precisamente en
qué consisten tales medidas, no se podrá saber si el funcionamiento
de las papeleras será o no contaminante.
Si alguien tiene obligación jurídica de dar cierta información,
y no la da, ¿qué puede pensarse? Lo primero, que intenta
hacer lo que no debe, y en este caso- que va nomás a contaminar.
Lo segundo, simplemente que no tiene información, porque no se
la han dado. Esto parece lo más probable y denuncia una situación
que comenzaba a perfilarse nítidamente, esto es, la predominancia
de Botnia en su relación con el Uruguay y el carácter más
o menos leonino del contrato que el Gobierno uruguayo anterior firmó
con ella.
Por lo demás, si el vecino país firmó otro tratado,
como se dice ahora, con Finlandia que le impide cumplir con su obligación
según el que lo une con nosotros, tiene responsabilidad internacional.
Así las cosas, nuestros vecinos de Gualeguaychú le dieron
al presidente Vázquez la salida que necesitaba y a éste
la dorada oportunidad de aparecer duro con alguien: llamó de vuelta
al canciller Gargano y anunció su intención de ir al Mercosur.
A buen puerto van nuestros vecinos por agua: el Mercosur carece de competencia
al respecto. El presidente Vázquez quiere tapar con los cortes
de ruta su propia obligación, pero debemos ir por partes. Primero,
lo suyo, porque no puede avanzarse en el proceso hasta tanto Uruguay no
cumpla con su deber primario. Después veremos si la presión,
a través de los cortes, para que Uruguay cumpla con su deber, es
ilegal.
Pero bueno, así es la política. Es claro que el presidente
Kirchner no va a mandar a aquellos buenos y respetables vecinos de Gualeguaychú
la Gendarmería Nacional, que hubiera resuelto el problema en poco
más de cinco minutos, ni el presidente Vázquez va a romper
sus buenas relaciones con Botnia ni a denunciar el contrato que en su
momento criticó cuando era opositor.
El Presidente oriental está, como dicen los criollos, embretado,
por cuanto el plan de los conservadores uruguayos de convertir al país
en un gran productor de papel no parece malo y puede significar mucho
empleo y un cambio sustancial en la economía oriental. Lo único
que queremos nosotros es que no se haga a costa nuestra y eso hubiera
podido ser si se hubiera puesto en la otra banda un poco más de
cuidado en sus relaciones con esta olvidada rivera, lo que no sucedió.
¿Por qué fue así? Preferimos no ahondar en esta veta.
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