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ECONOMÍA ECOLOGICA
 

Por  Rosana Iribarne
 La economía ecológica trata de explicar el uso de energía y materiales en ecosis-temas humanos. Es una ecología humana, un tipo de estudio diferente al de la ecología de los vegetales y de los animales, puesto que la humanidad tiene una característica especial: la posibilidad de enormes diferencias en el uso de energía y de materiales entre personas y entre territorios poblados por éstas. 

La  economía ecológica critica a la economía ortodoxa en dos casos particulares la sobreexplotación de recursos energéticos y materiales agotables o lentamente renova-bles, y las inserciones en el medio ambiente. Por ejemplo, la economía ecológica se pregunta si el precio del petróleo está bien fijado por el mercado, si no es demasiado bajo desde el punto de vista de su conservación para las futuras generaciones; tam-bién se pregunta si el precio que las industrias deben pagar por insertar en el medio ambiente residuos que no son reciclables no es demasiado bajo.

Es de considerar que los efectos de la polución (inserción en el medio ambiente) ca-en sobre las generaciones actuales, mientras que el agotamiento de recursos agotables será un problema para las generaciones futuras. No obstante, ambos casos son pareci-dos, pues muchas formas de polución tienen efectos de larga duración que no pueden ser valorados en dinero, según las reglas del mercado

Visto desde la sustentabilidad, la economía humana revela cuatro grandes fallas: no refleja el carácter finito de los recursos, está obsesionada con el crecimiento, pro-mueve dependencia y tiende a explotar a la gente y al ambiente.

No refleja los límites

Los economistas se interesan por la producción, distribución y consumo de bienes y servicios. La economía moderna está ampliamente gobernada por la ley de la oferta y la demanda. Básicamente esta ley dice que el precio de productos o servicios resulta de la interacción de dos factores, las oferta y la demanda. Cuando la demanda es ma-yor que la oferta, el precio sube y viceversa. La oferta y la demanda son, por lo tanto, los principales determinantes del precio en un sistema de libre mercado. 

El precio juega un importante rol del lado de la demanda en los cálculos económi-cos. La ley dice que si el precio de un bien crece, el mercado generalmente responderá  aumentando la oferta. El crecimiento de los precios, en general, estimula a los fabri-cantes a producir más. De esta forma, el aumento de precios de minerales y madera compelerían a mineros y compañías madereras a extraer más minerales y a talar más árboles.

Muchos economistas tienen una fe ciega en que el poder del precio estimula la ofer-ta indefinidamente. Esto se justificaría si el planeta tuviera recursos ilimitados. 

La debilidad fundamental de la ley de oferta/demanda es negar la limitación en los recursos. Existe el convencimiento de que el aumento de precios resultará en exitoso hallazgo de sustitutos, permitiendo a la sociedad continuar su crecimiento sin fin en producción y consumo. 

Pero el aumento de precios no puede expandir la oferta de recursos no renovables indefinidamente, y no puede tampoco expandir la oferta de recursos renovables más allá de la natural habilidad de regenerarlos. 

El desafío es, entonces, modificar la economía de forma que refleje la naturaleza finita de muchos recursos.

El éxito de la economía  es medido por el crecimiento. 

La salud económica de una Nación es evaluada por el crecimiento de su PBI, el valor de todos los bienes y servicios. Aún un análisis superficial sugiere que el PBI es una muy poco satisfactoria medida de salud económica. 

El PBI de muchos países es inflado y, a veces, groseramente distorsionado por la inclusión de factores económicos negativos. Por ejemplo, lo que se gasta para reme-diar los efectos un derrame de petróleo o en los cuidados para gente que está murien-do de cáncer de pulmón, resultado de la polución urbana, suelen incluirse como inver-siones, cuando deberían ser listados como costos.

El PBI también falla en tener en cuenta la riqueza acumulada. 

Ya en 1921, Frederick Soddy señaló que el uso vital de energía no podía variar mucho entre una persona y otra, pero el uso laboral (incluyendo el uso recreati-vo)variaba mucho entre personas, países y períodos históricos. Para Soddy, existió una discontinuidad en el siglo XIX, porque antes el flujo de energía solar había sido explotado tanto para usos vitales como laborales, mientras que ahora se utilizaba para propósitos laborales un stock de energía solar: “ La energía del viento, la fuerza del agua y los combustibles forestales son una parte de los ingresos en energía solar que año a año se repiten, no menos que los cereales y otros alimentos animales. Pero cuan-do el carbón se convirtió en rey, la luz solar de millones de años se agregó a la de nues-tros días y con ellos se levantó una civilización que el mundo nunca antes había vis-to.”(Soddy, 1922, p.20)

A lo que Soddy se refería era a que el uso del carbón (o petróleo) significaba em-plear capital en vez de ingresos, y el carbón (o petróleo) sólo podía ser usado en forma indirecta para vivir. De esta manera surgió la paradoja de que el capitalismo no era “capitalista” en cuanto a los medios de subsistencia. Era absurdo hablar de una “acumulación de capital”. El capital almacenado en el carbón (petróleo)se gastaba, no se acumulaba.

El PBI tampoco presta atención a la distribución de la riqueza en una sociedad, un hecho que tiene importantes implicancias en el desarrollo del tercer mundo: muchos de los proyectos que incrementan el PBI, no logran mejorar la vida de las masas, para las cuales, en principio, estuvieron diseñados. Y en los países desarrollados, el PBI muestra espantosas inequidades. En los Estados Unidos, por ejemplo, un país rico de acuerdo a su PBI, un cuarto de los niños viven en la pobreza y 37 millones de personas no tiene seguro de salud. 

Con la lógica del “crecimiento es esencial” profundamente instalado en su pensa-miento, la sociedad moderna ha desarrollado un desproporcionado punto de vista del progreso humano. Hacia el futuro sólo se ve una opción viable: producir más y con-sumir más y más; a pesar del costo para el planeta o para las futuras generaciones.

El principal desafío de hoy es encontrar una forma para terminar con esa peligro-sa obsesión, en un proceso que requerirá nuevas medidas de éxito humano, focaliza-das más en la calidad de vida que en el crecimiento económico. 

A partir del informe sobre Desarrollo Humano (1990), el Programa de las Nacio-nes Unidas para el Desarrollo (PNUD) cuantifica un índice de desarrollo humano (IDH) que refleja la esperanza de vida, el alfabetismo, y el dominio sobre los recursos para el goce de un nivel de vida decente. Esto, de todos modos, no es más que una aproximación en la medida que se estima un promedio nacional sin tomar en cuenta la distribución dentro del país.

El sistema económico actual produce dependencia.

El sistema económico actual también crea y alienta la dependencia entre indivi-duos, localidades y naciones. 

La dependencia económica comenzó durante la revolución agrícola. En aquel tiempo, el crecimiento en la productividad, resultado de los avances tecnológicos, re-dujo la demanda de la labor humana en el campo. Los trabajadores del campo migra-ron a las ciudades, con lo cual, gente que una vez consumía el alimento que producía, pasó a depender de los agricultores. Hoy, el moderno consumidor depende de una le-gión de especialistas. 

Más relevante para el medio ambiente, la interdependencia económica separa a productores de consumidores, haciendo que se pierda de vista no sólo la fuente de ri-queza humana, la tierra, sino también el masivo costo ambiental de satisfacer nues-tros, aparentemente sin final, deseos. La división entre productores y consumidores alienta un proceso de toma de decisiones, donde la capacidad de pago se vuelve el de-terminante en las decisiones de compra. Poco se piensa en los costos ambientales de las compras individuales.

Las Naciones son altamente dependientes unas de otras por energía, minerales, alimentos y otros recursos.

Además de la separación entre productores y consumidores, la interdependencia económica ha permitido el crecimiento de asentamientos humanos más allá de la ca-pacidad de carga del ambiente. Sin la importación de combustibles, alimentos y agua muchas regiones no podrían sobrevivir. Si las fuentes de recursos disminuyeran, mu-chos de esos sitios sufrirían privaciones.

A pesar de los problemas, la interdependencia es frecuentemente vista como una relación económica deseable. Los economistas describen el mercado global como la solución para economías enfermas. 

En los países en desarrollo se piensa que el comercio internacional es el más efecti-vo motor del crecimiento, si hay un ambiente comercial abierto en el cual los países puedan beneficiarse con las ventajas comparativas que poseen. Pero no es ese el am-biente que los países en desarrollo han encontrado en su ingreso en el mercado mun-dial. El Acuerdo General sobre Tarifas y Comercio (GATT) fue diseñado para que sirviera como valuarte global de la liberalización y la no discriminación en el comer-cio, pero continúan la discriminación y la protección. Como ejemplo de esto, el Acuer-do Multifibra (MFA) fue desarrollado en 1973 bajo el GATT para desacelerar el cre-cimiento de las exportaciones de productos textiles y ropas a los mercados occidentales desde proveedores de “bajo costo”. Los países en desarrollo, para los cuales la manu-factura de productos textiles y ropa puede ser crucialmente importante en las prime-ras etapas de la industrialización, pronto se convirtieron en las principales víctimas del MFA.

Luego seguirían otras barreras no tarifarias contra las exportaciones de los países en desarrollo, así, los impedimentos para estos países cuando tratan de salir de la po-breza componen una larga lista. Según se informó en 1991, el secretariado del GATT había computado 284 acuerdos discriminatorios de restricciones a las exportaciones impuestos por los países industrializados.

Irónicamente, tales barreras también son caras para los países que las fijan por-que, si bien están destinadas a proteger los puestos de trabajo en las industrias locales, llevan a costos mucho más altos para los consumidores. Pero las consecuencias para los países en desarrollo no se limitan a desacelerar el progreso económico. Cuando las restricciones bloquean las exportaciones de manufacturas de mano de obra intensiva, los países en desarrollo vuelven a su rol tradicional en la economía mundial como ex-portadores de productos primarios, para lo cual deben saquear sus recursos natura-les. Es el medio ambiente el que paga el precio último.

Otro tipo de medidas que, utilizadas por  los países industrializados, dificultan a los países pobres superar la exportación de materias primas, es el empleo de aranceles de modo que cuanto más procesado es el producto importado, más alta es la tasa del arancel. El efecto neto del aumento de aranceles es el obligar  a los países en desarro-llo a exportar una alta proporción de materias primas no procesadas. Los países ex-portadores descubren que para aumentar sus ingresos deben exportar más del pro-ducto natural, lo que en la mayoría de los casos significa usar más tierra y agua y agregar más fertilizante y pesticida, todo a expensas del ambiente.

En agricultura, un área de particular potencial exportador para los países pobres, las naciones industriales protegen mucho a sus productores internos, cerrando sus mercados a los exportadores del Tercer Mundo. Lo que es peor aun, los países indus-triales colocan sus excedentes de productos agrícolas en los mercados mundiales, de-primiendo los precios. 

En el largo plazo, desde el punto de vista de la sustentabilidad, el futuro de la hu-manidad depende no de la globalización sino de la auto – confianza local o regional, es decir, comunidades viviendo dentro de los medios de su ambiente inmediato.

El sistema económico actual tiende a explotar a la naturaleza y a los seres humanos.
Desde 1950, la economía global se ha más de quintuplicado en tamaño. A pesar  de la agitación financiera en el Este Asiático que comenzó en 1997, la economía del mun-do se continúa expandiendo. En términos de renta,  el promedio global  per cápita supera ahora los U$S 5000 por año, 2,6 veces la de 1950.

Los datos promedio para la renta encumbre grandes discrepancias entre regiones, entre países y entre grupos de población dentro de los países. A pesar de las  remarca-bles mejorías en muchos lugares, un cuarto de la población mundial permanece en una severa pobreza. En 1993, más de 1.300 millones de personas estaban viviendo con menos de un dólar por día. 

En muchas partes del mundo en desarrollo, la pobreza, combinada con un rápido crecimiento demográfico, está llevando a una degradación generalizada de recursos renovables, sobre todo bosques, suelos y agua. La gente, viviendo en economías de subsistencia, se enfrenta con pocas alternativas al agotamiento de sus recursos natu-rales.

Los recursos renovables sostienen todavía la subsistencia de casi la tercera parte de la población mundial. El deterioro ambiental reduce la calidad de vida y las expec-tativas de crecimiento económico entre la población rural, al mismo tiempo que la rápida urbanización e industrialización en muchos países en desarrollo están creando altos niveles de contaminación de agua y aire. Alrededor del mundo, los pobres urba-nos tienden a vivir en barrios carenciados, profundizando la contaminación, la dise-minación de residuos y las pérdidas en salud.

Las modernas prácticas de la economía, por ejemplo, tienden a ampliar la brecha entre ricos y pobres. Desde 1950, el abismo entre las clases más altas y las más bajas se ha profundizado. 

La explotación económica es también parte de la razón de por qué las Naciones del tercer mundo permanecen pobres. Como en los tiempos coloniales, las naciones ricas a menudo continúan sacando provecho de los recursos naturales de los países del tercer mundo, pagando muy poco por ellos.

Uno de los signos de desequilibrio en el sistema económico internacional es el exce-sivo nivel de deudas internacionales acumuladas por muchas naciones. El deterioro en los términos comerciales para los países exportadores de productos agrícolas y otros comodities ha hecho crecientemente dificultoso para esos países reintegrar sus deudas. Desde una perspectiva ambiental, la necesidad de pagar esas deudas ha llevado a mu-chos países en desarrollo a desprenderse de sus recursos naturales por cualquier pre-cio, y a menudo en formas destructivas para el ambiente. Los estándares ambientales se han mantenido bajos o inexistentes para  atraer las inversiones extranjeras. Los programas de ajuste estructural han requerido reducciones en los gastos de los go-biernos; siendo el cuidado del ambiente una de las áreas más fáciles de recortar.

Son los pagos del servicio de la deuda,  agrandados por las altas tasas de interés, los que hicieron de la deuda externa un problema mayor en la última década. Como el servicio de la deuda subió con las tasas de interés, y los bancos occidentales redujeron marcadamente el flujo de nuevos préstamos, las transacciones relacionadas con las deudas, que hasta entonces habían resultado en una transferencia neta de recursos a los países en desarrollo, comenzaron a producir una transferencia neta en la dirección opuesta, de los países pobres a los ricos, después de 1983.

Plutarco, en sus Vidas paralelas, hablando, de Solón decía: “Peculiar de Solón era su remisión de las deudas, y por este medio en especial confirmaba las libertades de los ciudadanos. Porque la igualdad ante la ley de nada sirve si al pobre se lo despoja de ella por sus deudas. Más aún, en los mismos lugares donde se supone que ejercen más sus libertades, están más sometidos a los ricos ya que en las cortes de justicia, las oficinas del Estado y en los debates públicos, están bajo sus órdenes y les prestan ser-vicio” 

En otro frente, la economía humana también explota al ambiente. El Oxford En-glish Dictionary define el término consumir de la siguiente manera: ” Eliminar, des-truir por fuego, evaporación, descomposición, enfermedad; gastar; agotar, especial-mente comiendo, bebiendo; insumir, perder (tiempo); derrochar; quemar”. Consumo es la palabra más adecuada para describir el impacto de la actividad humana sobre la biosfera. Si bien es el proceso industrial el que visiblemente degrada el ambiente, la causa principal de la degradación es la demanda de los productos de ese proceso. Al observar el ambiente amenazado de la Tierra, debemos prestar atención a los modelos de consumo. Es predominantemente como consumidores que los pocos del mundo son más que los muchos.

El ejemplo del consumo de energía resulta esclarecedor al respecto. La gente po-bre, cuya única fuente de energía es la leña, obviamente usa mucho menos recursos y tiene un impacto ambiental mucho menor que aquellos que cuentan con combustibles fósiles. Hoy, apenas el 25% de la población mundial es responsable del 80% del con-sumo de energía comercial. Son esos pocos altos consumidores de energía, en general en los países industriales, los responsables del grueso de la destrucción ambiental cau-sada por el uso de combustibles fósiles. Cada habitante de América del Norte causa la emisión de al menos diez veces más dióxido de Carbono que una persona que vive en Asia, excluyendo Japón.

Los norteamericanos consumen una tonelada de grano per cápita, los africanos comen un octavo de esa cantidad. Cada alemán posee tanta tierra a su disposición en otro país para producir alimento para él como la que tiene en su propio país. La man-dioca se importa de Tailanda, el maíz de Estados Unidos, el maní de Nigeria ....la ma-yor parte de eso se emplea como alimento en criaderos de cerdos y pollos... Alrededor del 40% de la producción mundial de cereales se usa para alimentar el ganado y en los países más ricos esa cifra puede trepar al 75%.

Es decir, la gente de las sociedades ricas impone estas presiones masivas no sólo a los recursos ambientales nacionales sino también a los globales, y no porque sean nu-merosos sino porque son consumidores pródigos. La presión de los ricos sobre los re-cursos del planeta es abarcativa pero tal vez más intensa respecto del calentamiento global.

En el Informe para la 5ª Conferencia de las Partes sobre Cambio Climático, Ro-bert Watson decía:” quiero recordarles que ya no está en discusión si el clima de la Tierra cambiará, sino más bien en dónde y en qué magnitud. Es indiscutible que la última década ha sido la más caliente de este siglo, tal vez la más caliente en cientos de años, y muchas partes del mundo han sufrido crecientes olas de calor, inundaciones, sequías y eventos climáticos extremos que han llevado a significativas pérdidas eco-nómicas y pérdidas de vidas. Mientras que eventos individuales  pueden no ser direc-tamente atribuibles a un cambio climático asociado con las actividades humanas, la frecuencia y la magnitud de este tipo de eventos se espera que crezca en un mundo más cálido. Los impactos adversos, debidos al cambio de clima, debilitan las metas de desarrollo sustentable en muchas partes del mundo, siendo los más vulnerables los países en desarrollo y los pobres dentro de los países en desarrollo.” 

El Panel Intergubernamental para el Cambio Climático concluyó que estabilizar los gases invernadero a los niveles de 1990 requería “inmediatas reducciones en las emisiones, derivadas de las actividades humanas, de más del 60%”. Esto habla de lo desenfrenado que ha sido el mundo industrial en su consumo de recursos, en especial de energía. Pero el verdadero desenfreno es en el consumo de la amplia variedad de bienes y servicios para cuya producción se usa energía.

La extracción de recursos naturales, la generación de residuos, la polución de todo tipo, son algunos de los problemas, pero son las decisiones de la gente en lo que se de-nomina la fase de consumo final lo que últimamente los impulsa.

CORREGIR DEFECTOS EN LA ECONOMÍA

El 80% del incremento en la economía y en la actividad  industrial ha ocurrido desde 1950, un crecimiento demasiado rápido para ajustarse a las realidades ambien-tales.

El primer paso en la creación de una economía sostenible es inspirar a institucio-nes económicas, operadores económicos y leyes económicas de una visión que tras-cienda los acotados límites de espacio y tiempo que son frecuentemente liderados por los beneficios en el corto tiempo. Profesores de negocios y economía pueden asistir en este esfuerzo, puntualizando las limitaciones de la oferta y la demanda, y alentando a sus estudiantes a pensar en el largo plazo. Reconociendo que los recursos renovables y no renovables no pueden expandirse indefinidamente, podrían moderar los deseos humanos e inspirar un movimiento hacia una mayor eficiencia, reciclaje, uso de re-cursos renovables y restauración.

Un nuevo punto de vista de la ley oferta/demanda, que tenga en cuenta la natura-leza finita de los recursos, también requerirá medidas de políticas públicas que esta-blezcan estructuras alternativas de precios. Esto es, un sistema de precios en el cual los costos de los bienes y servicios son determinados, en parte, por la oferta en el largo plazo.

Una forma de lograr este nuevo sistema de precios es a través de alguna forma de impuesto sobre la corriente de materiales, el cual es pagado por los productores y, luego, pasado a los consumidores.

Estos impuestos aumentan el precio de las materias primas y de los productos ter-minados producidos a partir de ellas, desalentando el residuo y ayudando a proteger recursos para futuras generaciones.

El dinero, generado a partir de esos impuestos, puede ser invertido en una varie-dad de formas. Por ejemplo, el dinero recolectado de los productores de petróleo po-dría ser usado en investigación en programas nacionales de conservación de energía, en esfuerzos para promover el uso de alternativas renovables, o medidas que estimu-len el reciclaje. Y también puede ser usado en programas de planificación familiar.

Hazel Henderson denomina a este tipo de impuestos “tasas verdes” (green taxes), e indica que pueden ser aplicadas a productos descartables, automóviles ineficientes, polución fabril, viajes en avión, transporte de petróleo, etc. Algunas naciones europeas han admitido la idea de que las presentes generaciones tienen una obligación para con las futuras y están desarrollando “green taxes”. Además han encontrado que éstas pueden ser una importante nueva fuente de recursos económicos.

La Cumbre de la Tierra enfatizó sobre los incentivos económicos como un medio para lograr tanto una producción como patrones de consumo más sustentables, y so-bre la necesaria generación de recursos financieros para financiar un desarrollo sus-tentable.

En muchos países ha habido muchas propuestas para utilizar tasas sobre la gene-ración de emisiones de CO2, el uso de aceites minerales o sobre el uso de pesticidas o sobre el movimiento de capitales.

En 1972, James Tobin sugirió gravar con una tasa las transacciones internaciona-les de capital. La idea recientemente ha revivido como un medio para financiar el de-sarrollo de cara a la “creciente necesidad de cooperación internacional en problemas tales como medio ambiente, pobreza, paz y seguridad...” (ul Haq y otros, 1996).

MEJORANDO EL ANÁLISIS COSTOS – BENEFICIOS

El análisis, de costos – beneficios, generalmente se concentra en el, inmediato y más obvio, costo de hacer negocios, incluyendo costos laborales, materias primas y energía, que son sopesados contra beneficios y aumento de puestos de trabajo.

Los costos sociales, ecológicos y de salud son frecuentemente ignorados y, a la lar-ga, pasados al público. Para desalentar la transferencia de esos costos al público, al ambiente y a futuras generaciones, todos los costos deberían ser mostrados en el ba-lance de cada producto.

Para estudiar la brecha entre el precio de mercado de bienes y servicios y su costo total, en muchos países se desarrollaron leyes y regulaciones ambientales en las últi-mas décadas; leyes que requieren que las empresas reduzcan sus emisiones contami-nantes mediante la utilización de equipos de control de la polución. De esta forma se ayuda a internalizar los costos, y las empresas y los consumidores, en lugar de pagar multas por los daños producidos por contaminación, pagan por control de la polución. 

Reglamentaciones y leyes ambientales más duras, podrían reducir aun más la con-taminación. Esto ahorraría dinero en remediación, mientras que aumentarían los cos-tos de bienes y servicios, haciendo que los precios reflejen mejor los costos económicos y ambientales.

Sin embargo, muchas estrategias para el control de la polución son económicamen-te ineficientes como forma de minimizar los costos externos. Mientras que medidas de prevención eliminan contaminantes y también ahorran dinero a los productores. 

Modificando procesos de fabricación, encontrando sustitutos no tóxicos y reciclan-do, las empresas han encontrado que pueden reducir drásticamente la generación de contaminantes (a veces hasta eliminarla) y al mismo tiempo reducir los costos de pro-ducción.

Prevenir la contaminación es, por lo tanto, una estrategia en la que el ambiente gana, el consumidor gana y el fabricante gana. 
Las organizaciones deberían estudiar el impacto ambiental, no sólo local, sino global, de todos sus proyectos y procesos; y tomar medidas para reducir esos impactos. Los estudios de Impacto Ambiental deberían ayudar a las empresas a reconocer el verda-dero costo de sus actividades y a implementar procedimientos para evitarlos o por lo menos incluirlos dentro del precio de sus productos o servicios. Una compañía que quiere construir un nuevo edificio de oficinas, por ejemplo, podría determinar la can-tidad de CO2 que producirá su sistema de acondicionamiento de aire y evaluar cuán-tos árboles deberían plantarse para eliminar esa producción adicional. El costo de ese programa de forestación podría ser incluido en el costo de los productos de la compa-ñía. Mejor aún, la empresa podría decidir rediseñar el edificio para usar energía solar pasiva y métodos de enfriamiento natural, con lo cual no se produciría un aporte extra de CO2 a la atmósfera. 

La tendencia hacia la degradación ambiental puede hacerse más lenta y la activi-dad económica puede ser cambiada a patrones más sustentables, ya que las opciones para el desarrollo, y niveles y patrones de consumo, son diseñados por aspiraciones y valores humanos, y esas opciones pueden ser influenciadas por intervenciones políti-cas. 

Algunas tendencias ambientales, sobre el pasado medio siglo, demuestran el poten-cial de las regulaciones, de la información y, sobre todo de los precios, para alentar usos más eficientes y menos contaminantes de energía y materiales. La tecnología ya ha desarrollado enormes mejoras en el rendimiento de la producción, pero las innova-ciones para mejorar la productividad de los recursos (la utilidad que puede ser obte-nida de una cantidad dada de recursos) vienen muy rezagadas. Un mejor entendi-miento por parte del público y una mayor preocupación por las consecuencias am-bientales y sociales de la sociedad de consumo han comenzado a catalizar profundos cambios en las decisiones de compras y en los estilos de vida. El desafío para los dise-ñadores de políticas, para el próximo siglo, será proyectar propuestas para alentar un más eficiente, razonable y responsable uso de recursos naturales por parte de los sec-tores de la producción, y que alienten a los consumidores a apoyar y a demandar tales cambios.

De acuerdo a S. Ramphal, “la guerra por la supervivencia humana es diferente a otras guerras. No es una cuestión de ganadores y perdedores. Cada uno debe perder para que todos puedan ganar. Sólo en la medida en que las naciones individualmente acepten los límites y los umbrales puede haber una victoria colectiva”.
 

  •  Referencias
  •  Ramphal, Shridath – “Nuestro hogar el planeta” - 1993
  •  Martinez Alier, Joan y Schlüpmann, Klaus – “La ecología y la economía” - 1993
  •  UNEP -Informe Global Environment Outlook 2000 
  •  Lovins Amory – Factor four
 
   
 
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