LECCIONES DE CHERNOBIL PARA JAPON
Doce veces por mes (la mayor cantidad de turnos que permiten los médicos), Sergei A. Krasikov aborda un tren que recorre la tierra de nadie e informa sobre el trabajo realizado en una estructura que encierra el Reactor Nº4 y a la que se conoce como “el sarcófago”.
Sus tareas comprenden extraer el líquido radiactivo que se haya acumulado en el interior del reactor fusionado. Eso pasa cada vez que llueve. El sarcófago se construyó hace 25 años en una situación de pánico, en momentos en que la radiación llegaba a zonas pobladas luego de una explosión en el reactor, y ahora está lleno de grietas.
En la imagen se ve a la abandonada Escuela Media No3 en Pripyat, Ucrania, en el área de Chernóbil.
No puede permitirse que el agua entre en contacto con lo que está en el interior del reactor: unas 200 toneladas de desechos y combustible nuclear fusionado que atravesó el suelo y se endureció. Esta masa sigue teniendo un nivel de radiación tan alto, que los científicos no pueden acercarse.
Hace años, sin embargo, cuando lograron instalar instrumentos de medición en las cercanías, obtuvieron registros de 10 mil rem por hora, dos mil veces el límite anual recomendado para quienes trabajan en la industria. Krasikov supervisa este monstruo desde hace ocho años. Lo seguirá haciendo hasta que se jubile y le deje su tarea a otro hombre, que la realizará hasta jubilarse. A la pregunta de cuánto tiempo continuará eso, Krasivok se encoge de hombros. “¿Cien años?” aventura. “Tal vez entoncess inventen algo”.
La muerte de un reactor nuclear tiene un comienzo, algo que ahora el mundo observa en la costa de Japón. Pero no tiene fin. Si bien algunos elementos radiactivos del combustible nuclear se agotan con rapidez, otros, como el cesio y el estroncio, son mucho más perdurables.
La zona contaminada (que el parlamento ucraniano fijó en 39 mil kilómetros cuadrados) estará afectada durante más de trescientos años.
Visitar Chernóbil en la actualidad es percibir el paso del tiempo. En Pripyat, la ex comunidad de los trabajadores de la planta, donde 50 mil personas recibieron instrucciones de evacuar el lugar en unas horas, la naturaleza va recuperando poco a poco sus dominios. Anton Yukhimenko, que organiza recorridos de la zona muerta, dice que jabalíes y zorros han empezado a refugiarse en la ciudad abandonada.
El público no puede acercarse más de 48 kilómetros al reactor Nº4, pero un fotógrafo y yo hicimos el viaje este mes con Chernobylinterinform, una división del Ministerio de Emergencia de Ucrania. En el puesto de control que lleva a la zona de exclusión hay una pequeña estatua de la Virgen María y un cartel que informa sobre el nivel de cesio y estroncio hallado en hongos, peces y animales salvajes.
A un radio de diez kilómetros comienza la zona de evacuación obligatoria. Una hilera de árboles abrasados marca el comienzo del llamado Bosque Rojo, en alusión al color de los pinos muertos que fueron eliminados en masa y enterrados en trincheras. A medida que nos acercamos a la planta, el detector de radiación de los guías de pronto registra 1 mil 500 microrem, cincuenta veces más que lo normal, dicen, tal vez porque quedamos envueltos en una ráfaga de viento.
En el centro se encuentra el sarcófago, con los lados cubiertos de óxido. Desde principios de la década de 1990, los funcionarios ucranianos trabajan en un plan para reemplazarlo, para lo cual lanzaron un proyecto llamado el Nuevo Confinamiento Seguro, un arco de acero de 90 metros que aislará el reactor durante los próximos cien años.
Tiene un costo estimado de US$1 mil 400 millones, que en su mayor parte cubrirán países donantes. El proyecto se ha visto afectado como consecuencia de demoras y problemas de financiamiento.
Mientras tanto, la nieve invernal cede paso a la lluvia, y si la lluvia se filtra en el interior del reactor los resultados podrían ser impredecibles, dice Stephan G. Robinson, un físico nuclear que trabaja para la Cruz Verde Suiza, una organización ecologista.
“En invierno se congela”, señala Robinson. “El agua se expande y presiona, por lo cual puede derrumbarse parte del interior. Una pequeña cantidad desaparece por una grieta. Si llueve, hay una entrada. Y si hay una entrada también hay una salida”.
Sin embargo, incluso antes de que se construya el arco, Krasikov duda de que sea posible poner fin a la larga vigilia por el reactor Nº4. “Nadie sabe qué hacer con lo que hay adentro”, dice. “Habrá trabajo para mis hijos y mis nietos”.
Al caer la tarde, mientras salimos del lugar, la luz cae entre los bosques de pinos. Los trabajadores emergen hacia el otro lado de una pared de contadores Geiger de tamaño humano y abandonan la zona de exclusión por la deteriorada autopista. Mañana volverán a la Estación de Energía Atómica de Chernóbil y será otro día de trabajo.
Vía: The New York Times
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