LOS COYOTES APRENDIERON A SUBSISTIR ENTRE LOS HUMANOS
Con su coro salvaje de aullidos y ladridos, el coyote ha despertado la imaginación del hombre desde hace mucho tiempo. En muchas mitologías indígenas estadounidenses es conocido como el embaucador, figura a veces vista como divinidad, a veces como un tonto y a veces sexualmente perverso. En la tradición navajo, el coyote es venerado como el perro de Dios. Cuando los colonizadores europeos tuvieron su encuentro con la especie, la aclamaron como un ícono del gran Oeste y la vilipendiaron como el enemigo sanguinario de ovejas y ganaderos.
Sin embargo, estos animales aún son incomprendidos. Siguen siendo escurridizos, pese a su fantástico éxito ecológico, ya que se han trasladado desde las llanuras a colonizar todos los hábitats, desde los naturales hasta los urbanos. Y han conservado su misterio aun cuando se ha intensificado el interés en ellos gracias a crecientes interacciones coyotes-humanos, entre ellas casos de coyotes llevándose a rastras a pequeñas mascotas, y hasta (aunque es extremadamente raro), ataques a personas.
A pesar del creciente contacto, los coyotes se muestran muy recelosos. Laura Prugh, ecóloga de vida silvestre en la Universidad de California, en Berkeley, dijo que intentar hacer un sondeo de los coyotes en Alaska fue “como trabajar con una especie fantasma”. Para tener por lo menos alguna posibilidad de atrapar uno, dijo, las trampas tienen que ser hervidas para eliminar el olor humano, manejadas con guantes y después ocultadas, borrando toda huella de pies humanos. Aún así, es probable que la trampa solamente atrape al más joven e inexperto de los animales.
No fue hasta este año que se reveló la verdadera identidad de los coyotes que viven en el este de Estados Unidos. Dos equipos separados de investigadores reportaron que esos animales son, de hecho, híbridos coyotes-lobos.
Un equipo, dirigido por Roland W. Kays, curador de mamíferos en el Museo Estatal de Nueva York, aventuró la hipótesis de que los coyotes del oeste que se dispersaron hacia el este por Canadá durante el siglo pasado se aparearon con lobos en el trayecto.
Los hallazgos pueden explicar por qué los coyotes del este generalmente son más grandes que sus contrapartes del oeste (es decir, más parecidos al lobo) y por qué presentan una variedad mucho mayor en color de pelaje, como se esperaría de una criatura con un genoma más diverso. Esto también puede explicar por qué los coyotes del este parecen ser mejores cazadores de venados que sus antepasados del oeste, que tienden a cazar presas más pequeñas. Kays dice que el coyote del este puede ser un producto menos terminado y más un trabajo evolutivo en proceso. Su equipo halló un coyote que portaba algo parecido al ADN del perro doméstico, lo que hace preguntarse qué precisamente es un coyote del este.
Una complicación mayor es que todas las especies del género canis, al que pertenece el coyote, pueden cruzarse. En otras palabras, los coyotes (o canis latrans, que significa “perro ladrador”), los perros domésticos (canis familiaris) y todo tipo de lobo pueden aparearse y producir cachorros saludables. Otra señal de la adaptabilidad de los coyotes puede ser su amplia dieta. Se alimentan de escarabajos, huevos, basura, frambuesas, cerdos, ciruelas silvestres, puercoespines, manzanas y sandías, entre otras cosas.
Stanley D. Gehrt, ecólogo de vida silvestre en la Universidad Estatal de Ohio, quien calcula que la población de coyotes en el área de Chicago es aproximadamente de 2 mil ejemplares, descubrió que los animales también tienen un gusto por los huevos de ganso de Canadá.
El resultado es que ha disminuido significativamente el crecimiento del número de estas aves. Durante años, se han gastado millones de dólares de impuestos en programas para matar coyotes que se alimentan de ganado. Es una guerra tan implacable, dicen algunos investigadores, como inútil. “Matar coyotes es algo así como cortar el césped”, dijo Prugh. “Estimula un vigoroso crecimiento nuevo”.
Vía: The New York Times
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