Septiembre 7, 2010

PROVOCACION ITALIANA CON MAÍZ TRANSGÉNICO

maizEn abril, Giorgio Fidenato le declaró la guerra al Gobierno italiano y a los grupos ambientalistas al sembrar seis semillas de maíz genéticamente modificado.
Las semillas, conocidas como MON810, están modificadas de modo que el maíz produce un químico que mata las larvas del barrenador del maíz, una plaga devastadora. Sin embargo, aunque las reglas de la Unión Europea permiten que esta semilla sea sembrada, Italia les exige a los agricultores obtener un permiso especial para cualquier cultivo transgénico, y el Ministerio de Agricultura nunca dijo sí. “No tuvimos más opción que incurrir en la desobediencia civil; estas semillas son legales en Europa”, dijo Fidenato, agrónomo de 49 años.
La Organización Mundial del Comercio (OMC) dice que las prohibiciones generales a los cultivos genéticamente modificados constituyen una barrera comercial injusta, porque no existe una base científica para la exclusión. Sin embargo, cuatro años después de que un panel de la OMC dictaminó que las políticas de la Unión Europea constituían una “moratoria de facto” ilegal sobre la siembra de semillas transgénicas, algunos agricultores y productores de semillas se quejan de que Europa aún no ha abierto realmente sus puertas.
Un número pequeño pero creciente de países europeos, entre ellos España, Portugal y Alemania, permite algunos cultivos genéticamente modificados. Sin embargo, solamente dos semillas transgénicas (MON810 y la semilla de la papa Amflora) de docenas en el mercado global han pasado el laborioso proceso de aprobación de la Comisión Europea, prerrequisito para su uso.
Lo que es más, algunas áreas de Europa se han declarado libres de organismos genéticamente modificados (OGM). Francia, Austria y Alemania han prohibido específicamente al MON810. En Italia, un proceso de aprobación, para el cual el Ministerio de gricultura nunca ha establecido los requisitos para el éxito, vuelve casi imposible sembrar cultivos genéticamente modificados. Esas tácticas reflejan una oposición apasionada a los cultivos en muchas partes de Europa, aun cuando más de tres cuartas partes del maíz, la soya y la remolacha azucarera en EE. UU. están genéticamente modificadas. Aunque la ciencia, en el peor de los casos, no ofrece una conclusión, existe una convicción generalizada en Italia de que los alimentos alterados genéticamente presentan peligros para la salud humana y los ecosistemas.
Después de la provocación de Fidenato, los investigadores hicieron pruebas genéticas para localizar los tallos ofensivos en un mar de maizales. Los funcionarios incautaron dos campos sospechosos, aproximadamente nueve hectáreas, y declararon ilegales a los sembradíos. Varios activistas de Greenpeace cortaron las espiguillas de los tallos con la esperanza de evitar que el polen se diseminara.
El 9 de agosto, 100 activistas ambientalistas, armados con machetes, de un grupo antiglobalización llamado Ya Basta, arribaron a Vivaro y pisotearon los campos. Dejaron pancartas con la imagen de una calavera sobre tibias cruzadas que decían: “Peligro — Contaminado — OGM”.
Giancarlo Galan, ministro de Agricultura, llamó “vándalos” a los manifestantes. Sin embargo, Luca Zaia, el anterior ministro de Agricultura y presidente de la cercana región de Veneto, aplaudió la acción, al decir: “Hay una necesidad de mostrarles a las multinacionales que no pueden introducir cultivos Frankenstein en nuestro país sin autorización”.
La Dirección de Alimentos y Medicamentos de EE. UU. y la Agencia Europea de Seguridad en los Alimentos dicen que no existe evidencia científica de que comer el maíz MON810 sea peligroso.
Sin embargo, existe un mayor desacuerdo sobre cómo afectan a los ecosistemas las plantas genéticamente modificadas y sobre si los cultivos tradicionales y modificados pueden mantenerse separados para evitar lo que los agricultores orgánicos llaman la “contaminación” de los cultivos tradicionales. Las semillas o el polen pueden viajar cientos de kilómetros. Este tema es particularmente delicado en Italia, cuyos agricultores dependen fuertemente de cultivos orgánicos especializados y típicos del lugar.
La Comisión Europea ha intentado mantenerse neutral. Exige a los países que establezcan procedimientos para separar los cultivos tradicionales y modificados. Sin embargo, propuestas recientes les brindan a las regiones cada vez más libertad para negar la entrada a dichas plantas si ofrecen pruebas científicas de que las semillas podrían dañar al medio ambiente. Si el Gobierno italiano no cede respecto de las semillas modificadas genéticamente, advirtió Fidenato, él comanda a un ejército de agricultores que están preparados para sembrar la semilla MON810.
Vía: The New York Times

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