Una hazaña de más de 11 mil kilómetros sin escalas
En 1976, el biólogo Robert E. Gill Jr. llegó a la costa sur de Alaska para hacer un sondeo de las aves que se preparaban para las migraciones de invierno. Una especie en particular, unas aves zancudas llamadas agujas colipintas, lo intrigaron profundamente. Eran demasiado gordas. “Parecían pelotas de softbol voladoras”, dijo Gill.
En ese entonces, los científicos sabían que las agujas colipintas pasaban el invierno en sitios como Nueva Zelanda y Australia. Para llegar ahí, supuso la mayoría de los investigadores, las aves realizaban una serie de vuelos por toda Asia, deteniéndose a lo largo del camino para descansar y comer. Eran aves terrestres, no aves marinas que podrían sumergirse en el océano por alimento. Sin embargo, Gill observó en Alaska que las agujas colipintas disfrutaban de un banquete de almejas y gusanos como si no fueran a comer durante mucho tiempo. Gill se preguntó si en realidad permanecían en el aire durante mucho más tiempo que el que creían los científicos. Era una idea difícil de poner a prueba, porque no podía realmente seguir a las aves en su vuelo. Finalmente, en 2006, la tecnología dio alcance a las ideas de Gill. El investigador y sus colegas pudieron implantar transmisores satelitales en las aves mencionadas y rastrear su vuelo.
Como lo había sospechado, las colipintas salieron sobre mar abierto y volaron hacia el sur por el Océano Pacífico. No se detuvieron en ninguna isla a lo largo del camino. En lugar de eso, viajaron hasta 11 mil 425 kilómetros en nueve días, el vuelo más largo sin escalas jamás registrado. Desde entonces, los científicos han rastreado una cantidad de aves migratorias. Sus resultados dejan claro que la aguja colipinta no está sola. Otras especies de aves pueden volar miles de kilómetros sin parar en sus migraciones, y los científicos anticipan que al tiempo que recaban más información, más aves se unirán a estas filas de élite.
“Creo que va a haber una serie de ejemplos”, dijo Anders Hedenström, de la Universidad Lund, en Suecia.
Al tiempo que más aves prueban ser ultramaratonistas, los biólogos dirigen su atención a cómo logran esas espectaculares hazañas de resistencia. Considere la que podría ser la máxima prueba de resistencia humana en los deportes, el Tour de France: todos los días, los ciclistas suben y bajan montañas. En el proceso, elevan su metabolismo a aproximadamente cinco veces su índice en reposo.
La aguja colipinta, en contraste, eleva su ritmo metabólico entre 8 y 10 veces. Y en lugar de terminar el día con una cena y descanso, las aves vuelan toda la noche, privándose de alimentos mientras viajan a 65 kilómetros por hora. “Estoy impactado por el hecho de que aves como las agujas puedan volar así”, opinó Theunis Piersma, biólogo en la Universidad de Groningen, en Holanda.
En 2007, Carsten Egevang, de la Universidad Aarhus, en Dinamarca, y sus colegas colocaron geolocalizadores en charranes árticos que anidaban en Groenlandia. Con base en años de observación de aves, los científicos sabían que los charranes migraban al océano sur alrededor de la Antártida y después regresaban al Ártico la siguiente primavera. Sin embargo, no sabían mucho más.
En 2008, los científicos se las ingeniaron para capturar 10 charranes árticos que habían regresado a Groenlandia. Les tomó entonces meses para hallarle sentido a la información. Los investigadores reportaron, en febrero, que los charranes árticos volaron de Groenlandia a una región del Atlántico frente a la costa del norte de África, donde pasaron aproximadamente tres semanas.
Los charranes árticos entonces reanudaron su viaje hacia el sur. Pasaron cinco meses en el océano.
En la primavera, los charranes regresaron al Ártico, con frecuencia bordeando las costas de Sudamérica o África durante el trayecto. En total, las aves registraron hasta 80 mil kilómetros en sus geolocalizadores, la migración más larga jamás registrada.
En los 30 años de vida de un charrán, éste puede migrar aproximadamente 2 millones 400 mil kilómetros, la distancia que recorrería una nave espacial si volara de ida y vuelta a la Luna tres veces. Gill y sus colegas han registrado odiseas parecidas de otras aves zancudas, con el uso de transmisores satelitales. Así descubrieron que los zarapitos del Pacífico vuelan hasta 9 mil 650 kilómetros sin detenerse, viajando desde Alaska hasta las Islas Marshall.
Vía: The New York Times
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