Peligran árboles milenarios
Una pequeña arboleda de huarangos, árbol histórico peruano que puede vivir más de un milenio, se eleva como un espejismo en medio de las dunas de arena en los límites de Ica. El árbol les ha proporcionado alimento y madera a los habitantes de este desierto desde antes de que la civilización de Nazca grabara geoglifos en la deshabitada llanura al sur de esta ciudad, hace unos dos mil años. El huarango, familiar gigante del mezquite del sudoeste estadounidense, sobrevivió al ascenso y caída de las civilizaciones prehispánicas, y a los saqueos de los conquistadores españoles, cuyos historiadores quedaron pasmados por la abundancia de bosques de huarango y por los extraños camélidos de los Andes, como guanacos y llamas, que prosperaron ahí. Hoy, sin embargo, los peruanos presentan lo que podría ser el último desafío al frágil ecosistema sustentado por el huarango cerca de la costa sudoeste de Perú. Los aldeanos están cortando los remanentes de estos bosques otrora extensos. Codician el árbol como una fuente de carbón y leña.
La desaparición del huarango provoca alarma entre los ecologistas y fomenta un esfuerzo naciente para salvarlo.
“No nos damos cuenta de que estamos cortando una de nuestras propias extremidades cuando destruimos un huarango”, dijo Consuelo Borda, de 34 años, quien ayuda a dirigir un pequeño proyecto de reforestación en Ica, al explicar cómo las vainas del árbol pueden ser trituradas para hacer harina, endulzadas para hacer melaza o fermentadas para hacer cerveza.
“Los leñadores vienen en la noche, y usan sierras de mano en lugar de sierras eléctricas para evitar ser detectados”, dijo Reina Juárez, agricultora de maíz, de 66 años, en San Pedro, aldea de aproximadamente 24 familias. “Se llevan la madera en burro y después la venden”. Que el huarango haya sobrevivido para ser talado bien podría ser algo así como un milagro. Después de siglos de deforestación sistemática, solamente queda alrededor del uno por ciento de los bosques originales de huarango que alguna vez existieron en el desierto peruano, de acuerdo con arqueólogos y ecologistas. Pocos árboles están tan bien adaptados al ecosistema hiperárido del desierto Atacama-Sechura, enclavado entre los Andes y el Pacífico.
El huarango captura la humedad proveniente del oeste como neblina del mar. Sus raíces se encuentran entre las más largas de todos los árboles, extendiéndose más de 45 metros para aprovechar los canales de agua subterráneos. Un equipo de arqueólogos británicos describió en un reciente e innovador estudio cómo los nazca, quienes grabaron sus líneas en el desierto mil años antes de la llegada de los españoles, indujeron una catástrofe ambiental al cortar los huarangos para algodón y maíz, que expusieron al terreno a vientos del desierto, a la erosión y a las inundaciones. David Beresford-Jones, arqueólogo de la Universidad de Cambridge y coautor del estudio, dijo que quizá el único fragmento de bosque primario de huarango que queda está en Usaca, aproximadamente a cinco horas en automóvil desde Ica.
“Se necesitan siglos para que el huarango tenga un tamaño sustancial, y solamente unas cuantas horas para derribarlo con una sierra eléctrica”, dijo Beresford-Jones. “La tragedia es que este vestigio está siendo talado por productores de carbón mientras hablamos”.
Con el apoyo de los Jardines Botánicos Reales, en Kew, y de Árboles para Ciudades, organización de caridad británica que promueve la siembra de árboles en áreas urbanas, el proyecto de reforestación de Borda busca revertir el daño causado por los productores de carbón. “Perú necesita replantear su trayectoria de desarrollo”, dijo Alex Chepstow-Lusty, paleoecologista del Instituto Francés de Estudios Andinos, quien trabajó en el estudio de Nazca con Beresford-Jones. “En vista de que está previsto que los glaciares de Perú desaparecerán para 2050, los Andes necesitan árboles para capturar la humedad que llega de la Amazonia, que también es la fuente de agua que va hacia la costa”, dijo Chepstow-Lusty. “De ahí que se necesite un programa de reforestación, tanto en los Andes como en la costa”.
Vía: The New York Times
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