El cambio climático, al acecho
Alieto Aldo Guadagni del Instituto di tella señala que más del 75% de las consecuencias del cambio climático recaerá sobre los países pobres.

“Que vamos a hacer cuando las tempestades empujen el mar hacia el interior de los continentes?”, se preguntaba el Secretario General de las Naciones Unidas, Ban Ki Moon, cuando advirtió que queda poco tiempo para alcanzar un acuerdo contra el cambio climático. También advirtió sobre el deshielo en el Artico, que elevaría el nivel del mar y alteraría la corriente del Golfo, que es la que lleva calor a Europa.
El cambio climático amenaza a todo el mundo, pero las naciones pobres son las más afectadas, ya que se estima que más del 75% del daño total los afectará.
Un calentamiento de 2 grados por encima de las temperaturas preindustriales, podría generar en América Latina, Africa y Asia una importante reducción permanente del PBI. En octubre del 2006 el gobierno del Reino Unido presento su documento sobre cambio climático conocido como “Informe Stern”, que describe los eventos negativos que podrían acontecer si no se pone coto al crecimiento de las emisiones contaminantes.
En el capítulo sobre América Latina se advirtió sobre el riesgo que corre el abastecimiento de agua de poblaciones andinas, por la reducción de los glaciares. Las ciudades de Lima, Quito y La Paz son mencionadas como las más vulnerables. Se pronosticó que el dengue “es probable que se multiplique entre dos y cinco veces hacia el 2050 en muchas partes de América Latina y que áreas nuevas de transmisión aparecerán en la región sur del continente americano”. Las epidemias de dengue corroboran esta advertencia hecha ya hace tres años.
El Banco Mundial estima que disminuirá la productividad agrícola en las regiones tropicales y subtropicales, donde ya existe hambre. Africa sufrirá, ya que se prevé una pérdida del 10 al 30 % de su producción de cereales en los próximos decenios, imposibilitando las metas de reducir el hambre a la mitad antes del 2015.
También se prevé pérdida de especies y degradación de ecosistemas como los arrecifes de coral, que juegan un papel en la economía de países pobres. El cambio climático hará en el futuro más difícil producir alimentos para la creciente población, además, afectará la disponibilidad y también la calidad de los recursos hídricos. Se estima que la escasez creciente de agua afectará a más de mil millones de personas que habitan en zonas áridas y semiáridas, y que ahora sufren una grave falta de este elemento vital. Si no se quiere avanzar sobre ecosistemas ya alterados, los países deberán casi duplicar la tasa actual de crecimiento de la productividad agrícola y a la vez minimizar el daño ambiental conexo. Esto exige identificar variedades de cultivos capaces de soportar crisis climáticas, además de un mejor manejo de recursos pesqueros y forestales.
Es importante otorgar créditos de carbono no solamente a la expansión del bosque, que es hasta ahora un proceso marginal, sino además prestar apoyo financiero explícito al mantenimiento de los grandes recursos forestales de América Latina, Africa y Asia.
Los grandes bosques tropicales están todos hoy localizados en países en desarrollo y bajos ingresos. Si se pretende que renuncien a nuevos desarrollos productivos que les generan ingresos y empleos, es necesario implementar mecanismos globales de financiamiento que las compensen por este renunciamiento. Al fin y al cabo, si todas las naciones (incluidos los países industrializados que destruyeron sus bosques después de la Revolución Industrial) se apropian de los beneficios que los bosques aportan por ser potentes sumideros de dióxido de carbono, es equitativo compensar por este beneficio global.
Una de las maneras propuestas para captar estos recursos financieros es un impuesto universal a las emisiones contaminantes de dióxido de carbono, que gravaría las energías fósiles contaminantes (carbón, petróleo y gas, en orden de daño ambiental). No aporta nada a la mitigación de las emisiones contaminantes la actual carencia de mecanismos de apoyo a la preservación de los grandes recursos forestales.
Para avanzar en la promoción de nuevas energías limpias y promover la conservación energética es crucial comenzar por abolir los subsidios a las energías fósiles contaminantes, ya que no solo son fiscalmente costosos sino que contribuyen a degradar el medio ambiente y benefician desproporcionadamente a los más ricos. Esto ayudara a recuperar el ferrocarril de cargas que contamina la vigésima parte que el camión. La eliminación de los actuales subsidios a los fósiles contaminantes en Argentina estimulará la eficiencia y la conservación energética y además favorecerá alternativamente las nuevas energías limpias que deben ser urgentemente promocionadas. Estos subsidios, en Argentina, tienen el nivel más alto en toda América, después de Ecuador y Venezuela, miembros de OPEC. En la reciente encíclica Caritas in Veritate se señala que las sociedades tecnológicamente avanzadas pueden y deben disminuir el propio consumo energético, ya que es factible hoy mejorar la eficacia energética y avanzar simultáneamente en la búsqueda y aplicación de nuevas energías alternativas. Además, se señala que los costos económicos y también los ambientales por la utilización de los recursos energéticos deben ser explicitados de una manera transparente, y sufragados por quienes los utilizan y no por las futuras generaciones.
En diciembre, en Copenhague se acordarán compromisos de reducción de las emisiones contaminantes. Actuar sin demoras es esencial. De lo contrario las mejores opciones se evaporarán y los costos futuros serían mayores, por el riesgo de un calentamiento global irreversible. Habrá también que actuar de común acuerdo entre las naciones, para asumir la responsabilidad común pero diferenciada, teniendo en cuenta los grandes desniveles en las emisiones por habitante (un norteamericano contamina 200 veces más que un etíope y un canadiense 20 veces más que un guatemalteco). Este es un problema global y exige una solución global. Esto significa que no podrán haber “free riders”, es decir, naciones que no aporten al esfuerzo colectivo.
Vía: Clarín rural
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