Julio 13, 2009

Transgénicos: ¿maná o caja de Pandora?

Debido a que nuestro país es el segundo productor mundial de cultivos transgénicos, sus bondades, falencias y repercusión en nuestras vidas son objeto de activa discusión.
La producción y comercialización de estos cultivos se rigen por normas de la Secretaría de Agricultura, Ganadería, Pesca y Alimentación. La tecnología que les da origen es la transgénesis, un relevante avance biotecnológico de las últimas décadas, que aportó grandes beneficios a las ciencias biomédicas y la agricultura. Esta tecnología permite introducir artificialmente un gen de cualquier origen (transgen) en un organismo. Su aplicación al mejoramiento de cultivos se inició hace dos décadas, pretendiendo mejorar los rindes para hacer frente a la creciente demanda de alimentos. La transgénesis, y otras prácticas de mejoramiento genético, logra dotar a una planta de genes que le confieren nuevas virtudes: mayor productividad, valor nutritivo, resistencia a sequías o plagas, etcétera. Las tecnologías tradicionales aplicadas para este fin incluyen el cruzamiento y selección artificial, la generación de híbridos y el uso de mutágenos. Algunas de estas prácticas no transgénicas generaron combinaciones de genes que no ocurren por sí solas en la naturaleza. Su uso incesante determinó que los rasgos y genes de los actuales cultivos sean muy diferentes a los de sus ancestros silvestres. Esto es muy notorio en cultivos como la papa, cuyos progenitores datan de 10 mil años.

 

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La transgénesis presenta ventajas sobre el mejoramiento clásico. Es más rápida, produce menores modificaciones genéticas porque introduce un único gen y permite evaluar de forma anticipada los eventuales rasgos de toxicidad o alergenicidad asociados al mismo. Esto no se aplica a las prácticas tradicionales, que además del gen deseado, seleccionan otros genes de naturaleza desconocida. Hasta la fecha, los alimentos derivados de cultivos transgénicos resultan tan seguros como sus homólogos no transgénicos. Sin embargo, efectos adversos sobre el medio ambiente podrían estar asociados a estos cultivos: el flujo indeseado de transgenes a otras plantas, la diseminación de resistencia a antibióticos y consecuencias nocivas sobre insectos.
En Argentina y el mundo, la siembra de cultivos transgénicos se inició en 1996 y desde entonces los estudios científicos no reportan efectos nocivos significativos de los mismos. Aun así, es esencial mantener una rigurosa vigilancia sobre estos riesgos, promoviendo investigaciones sobre el tema. Otros efectos adversos asociados a estos cultivos derivan de su uso como monocultivos masivos, más que de su naturaleza transgénica. Entre ellos, el desmonte, desplazamiento de poblaciones rurales, aplicación masiva de herbicidas y agroquímicos, efectos sobre economías regionales. Aprovechar el potencial de los cultivos transgénicos, adecuándolos a nuestras necesidades, es un desafío que debe enfrentar nuestra sociedad.
Finalmente, cabe destacar que los cultivos transgénicos no se limitan a la soja, algodón o maíz tolerantes a herbicidas y/o resistentes a insectos, cuyos caracteres agronómicos son favorables para el productor. Una “segunda generación” de estos cultivos pretende reducir deficiencias nutricionales, producir vacunas y sanear suelos contaminados. El arroz dorado, cuyo grano acumula un precursor de la vitamina A, es un ejemplo de esta clase. Se espera que el consumo de este grano contribuya a suplir la deficiencia de vitamina A que causa ceguera irreversible en medio millón de niños cada año.

Vía: La voz del interior

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