Febrero 10, 2009

Tartagal: los especialistas lo vinculan con los desmontes y los incendios

Especialistas de diversas disciplinas coinciden en que el colapso de Tartagal se debe a un desastre ambiental por causas humanas, que afecta a todo el departamento salteño de San Martín. Advierten también que continuará agravándose, si no se pone en marcha un plan de manejo sustentable de esa zona.
Es verdad que entre diciembre y marzo ha llovido 1.311,9 milímetros, casi el doble de la media, que es de 692,9. Pero según el climatólogo Pablo Canziani, el aumento de lluvias y de tormentas no es natural, sino que se vincula con los desmontes y los incendios provocados por el hombre.
Las serranías situadas al oeste de la ruta nacional 34 —donde está la selva tucumano-boliviana o Yungas— tienen fuertes pendien tes. Están conformadas por “rocas sedimentarias, areniscas, algunas veces arcillosas, susceptibles de ser erosionadas rápidamente”, observa el geólogo Armando Nadir, profesor de Suelos en la Universidad Nacional de Salta (UNSa). “Están en un proceso permanente de degradación natural; todos los años, las cuencas hídricas arrastran una gran cantidad de material. El río Tartagal está profundizando sobre material suelto”, agrega.
A esto se suma que la región tiene un clima tropical, con lluvia abundante, en especial en las partes altas. “Es una situación altamente sensible”, destaca Nadir. “En el sistema agua-suelo-vegetación, si uno se desequilibra, afecta a los otros dos”, apunta el director nacional de Bosques, ingeniero forestal Jorge Menéndez.

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Aquí, lo primero que falló fue la selva. “Hace ocho décadas comenzó la actividad forestal. Hubo más de cien aserraderos en la zona”, destaca Menéndez. La cubierta vegetal que formaban las copas de los árboles fue raleándose. “Ese entramado retenía la gota de lluvia, la dispersaba, le quitaba velocidad —explica el director de Bosques—. La cobertura vegetal actúa como una esponja; cuando queda embebida empieza el proceso de escurrimiento, que va haciéndose más rápido”.
“Además, la cobertura vegetal fija los suelos”, apunta Nadir. Al caer la lluvia a pico, desde mayor altura y con más fuerza, también el suelo empezó a degradarse.
En los 60 se inició la actividad petrolera, que se intensificó mucho en los 90. La exploración y explotación implica abrir una red de picadas, caminos rectos —tala mediante— de 10 a 12 metros de ancho. “Forman un cuadriculado de 4 x 4 kilómetros, que no respeta los accidentes orográficos”, indica el ingeniero forestal Elvio del Castillo, del INTA en Yuto.
“El agua de las lluvias se encauza por las picadas y la correntía se vuelve más rápida, con lo cual el pico de la creciente es mayor, y el tiempo en que llega la creciente es más corto”, describe el ingeniero Miguel Gómez, hidrólogo, coordinador de la Unidad de Gestión Ambiental de Recursos Hídricos de la Secretaría de Ambiente de la Nación.
En esa zona, la responsabilidad de la explotación petrolera recae sobre la provincia. “En los pliegos de condiciones se incorpora el tema del impacto ambiental. Pero la norma sirve sólo cuando es fiscalizada”, destaca Nadir.
Como si fuera poco, “la picada se convierte luego en una línea de tránsito, que es aprovechada por los explotadores forestales, a veces en forma legal y otras no”, complementa el geólogo.
Las fotos satelitales no mienten: los manchones de verde más claro indican la pérdida de árboles. Algo más al sur, al este de Orán, entre el Bermejo y la ruta 34 se aprecia el desmonte total; allí hay ahora cultivos y ganadería. Las autoridades salteñas admiten los desmontes, pero afirman que “son controlados” y que se hallan al este de Tartagal, por lo que no incidieron en lo ocurrido (ver No fue por…).
Los datos de la Dirección de Bosques dicen otra cosa: entre 1984 y 2001 se deforestaron 94.087 hectáreas de las Yungas salteñas —lo que implica el 10,84%—, y 56.664 en el Chaco salteño. Pero en toda la región forestal del parque chaqueño, en los departamentos San Martín, Orán y Anta, la deforestación con fines agrícolas alcanzó las 304.730 hectáreas; otras 92.943 se perdieron entre 2002 y 2004.
“Ha habido un aumento brutal de desmontes en el norte de Salta, en Paraguay y en Bolivia”, indica el doctor Pablo Canziani, investigador del Conicet y director del Programa de Estudios de Procesos Atmosféricos en el Cambio Global de la UCA, quien encara el problema desde un enfoque regional.
“Donde se desmonta, el suelo desnudo se calienta más en verano, y eso genera más evaporación de agua y tormentas más violentas —observa—. Lo que ocurre en la zona de la cuenca o en los aledaños de la cuenca del río Tartagal puede afectar el ciclo hidrológico. A escala regional, el cambio climático también está inducido por cambios en el uso de suelos”.
Esta zona, empobrecida tras el retiro de YPF y del ferrocarril, sufre ahora “la consecuencia de un manejo irracional de los recursos naturales y de la ausencia del Estado”, por “no respetar los criterios de desarrollo sustentable”, afirma un documento elaborado por la Sede Regional Tartagal de la UNSa. “Los pequeños productores están arruinados, las comunidades aborígenes devastadas y vulnerado nuevamente su derecho sobre la tierra”, agrega el escrito.
¿Se puede revertir este desastre? La solución se llama corrección de torrentes. Pero también es preciso un ordenamiento territorial, una reglamentación a nivel de cuenca hidrográfica y “una ley de conservación y manejo del suelo, con premios y castigos —afirma Nadir—, y con ámbitos geográficos por problemas y normas comunes, con productores que trabajen armónicamente para la explotación sustentable”.
Vía: Clarín

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