Los daneses quieren que el Protocolo de Copenhague reemplace al de Kyoto
En Dinamarca esperan que en la cumbre del año que viene se siga su ejemplo para fomentar el desarrollo sin dañar el medio ambiente
Los daneses vienen haciendo todo lo posible por colocarse a la vanguardia de las energías renovables y demostrarle al mundo con su propio ejemplo (70 % de crecimiento económico en 30 años, sin aumentar el consumo energético y reduciendo la contaminación) que es posible una menor contaminación sin detener la maquinaria del progreso. Ya se ha inaugurado el electrolizador y las tuberías de hidrógeno que convertirán en pocos meses a Vestenskov, una aldea de 50 casas a 200 kilómetros al sur de Copenhague, en el primer pueblo del mundo que se ilumina y calefacciona por entero con hidrógeno, el “combustible del futuro”.

Lo hacen con un doble objetivo: abrir nuevos mercados para muchas de sus empresas que ya tienen experiencia en el desarrollo de las soluciones energéticas de las que recién se comienza a hablar en muchas partes del mundo. Pero además, para que del COP 15, la cumbre sobre Cambio Climático del año próximo en Copenhague, salga un acuerdo superador al Protocolo de Kyoto.
Campo de pruebas
A pocos kilómetros de Vestenskov, en Osenvig, los efectos del calentamiento global ya son una amenaza concreta a la subsistencia. La ultima inundación, hace un año, casi barre al pueblo del mapa. La respuesta convencional, hubiese sido levantar un murallón que sirviese de defensa para la próxima crecida del Mar del Norte. Pero Carl Madsen, dueño del camping local y líder comunitario, tuvo una idea más osada. Promovió la apertura de una serie de diques que están en plena construcción y que no sólo contendrán las aguas sino que serán un criadero de algas que, procesadas como biomasa, servirán para abastecer parte del consumo eléctrico del pueblo. Madsen cuenta los detalles del ambicioso proyecto, parado frente a la primera “granja de viento marítima” del mundo, que se instaló frente a su pueblo hace tres décadas.
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Fue poco después de la crisis de la crisis petrolera de comienzos de los 70, cuando los daneses se dieron cuenta que no podían seguir dependiendo de la energía importada. Hoy, son más de cinco mil los molinos que agitan sus aspas sobre la tierra y el agua, proveyendo casi el 20% de la energía eléctrica que consume el país. A poca distancia están por empezar a probarse los nuevos molinos de 9 megavatios (los más modernos en uso apenas superan los 3mw) con los que aspiran a que la energía eólica abastezca la mitad del consumo eléctrico danés dentro de dos décadas.
En realidad, la isla completa de Lolland, que solía ser una de las áreas más inhóspitas y atrasadas del país, se convirtió en campo de pruebas para proyectos de energía alternativa. Cada empresa que se instala con un proyecto de vanguardia, además de facilidades burocráticas y beneficios impositivos, tiene a su disposición todos los pueblos de la isla de unos 50 mil habitantes para testear sus innovaciones.
La triple hélice
No es que Dinamarca no contamine. De hecho, aún cuando va en camino a cumplir con su parte del compromiso de Kyoto de reducir un 21% sus emisiones de dióxido de carbono (CO2) para 2012, todavía su nivel de emisión es ligeramente superior al promedio europeo.
Por eso existen una infinidad de políticas, no sólo para promover las energías alternativas sino para reducir y hacer más eficiente el consumo de petróleo, carbón y gas. Muchas de las plantas que producen energía eléctrica quemando esos combustibles, utilizan el calor remanente del proceso para el sistema de calefacción por tuberías que abastece el 60 por ciento de los hogares. La incineración de la basura que no se recicla es otra fuente de calor para combatir el frío invierno.
Los catalizadores químicos hacen que la nafta de los surtidores daneses con 10 PPM (partes de sulfuro por millón) sea de la menos contaminante del mundo. Aún así, una drástica política impositiva que grava los combustibles y los compra de vehículos con hasta el 180%, desalienta el uso de autos y promueve el de la bicicleta, con la que se moviliza la mitad de la población en Copenhague.
En las boletas eléctricas aparece desde hace años un impuesto al CO2 y la secretaría de energía lleva a cabo por estos días una intensa campaña para que cada danés reduzca una tonelada anual de su emisión personal de CO2. Sólo se trata de modificar algunos hábitos como apagar los aparatos de TV y DVD cuando no se usan o tomar duchas cinco minutos más cortas.
Con todo, ya se está trabajando para liberar a Dinamarca del consumo de combustibles fósiles. En 2011 una comisión gubernamental deberá presentar la hoja de ruta y estimar una fecha en la que se alcanzará esa meta.

Será fundamental la investigación como la que ya se lleva adelante en la Universidad Técnica de Dinamarca (DTU), donde se acaba de conformar el proyecto de Tecnologías para el Cambio Climático que, con financiamiento estatal y de empresas como Siemens o la eléctrica Dong, encara proyectos millonarios en sus laboratorios.
Allí están los argentinos Matías Monsalvo, estudiando el fluido de gases y líquidos en medios porosos que podría facilitar la extracción de petróleo, y Juan Ignacio Laiglecia, que investiga en busca de un polímero degradable que permita remplazar a los malditos plásticos.
Esta investigación de avanzada, junto a las políticas públicas y las inversión privada conforman la “triple hélice” que impulsó el desarrollo de las últimas décadas, un modelo que es elogiado en los claustros, las oficinas públicas y hasta en la sede de la Confederación de Industrias Danesas (CID), donde puede resultar curioso oír la apología de la carga impositiva a las ganancias, que en Dinamarca es la más alta del mundo (va del 40 al 60 por ciento de los ingresos personales).
Estados Unidos y China, la clave
La ministra de Clima y Energía, Connie Hedegaard, explica que “Estados Unidos es clave. Si no cambia su posición, es difícil de ver cómo haremos para que se sumen China, India u otras grandes economías en desarrollo”. El punto de partida es el Protocolo de Kyoto. Ya nadie duda de que el objetivo de reducir para fin de 2012 la emisión de gases de efecto invernadero en un 5,2% con respecto al nivel de 1990 no se alcanzará. No importa que el acta fuese ratificada por 182 países y muchos cumplieran con su parte del trabajo. Estados Unidos nunca lo ratificó. China sí pero sin comprometerse a ninguna reducción, al igual que el resto de los países en desarrollo. Entre ambos, emiten casi la mitad del CO2 mundial.
Hedegaard confía en que las empresas norteamericanas sean promotoras del cambio de mentalidad en su país. “En el último trimestre, Ford tuvo un déficit de 8.400 millones de dólares. Es un ejemplo excelente de lo que ocurre cuando eres muy lento en cambiar los modos y hábitos empresariales y no te das cuenta de que las tecnologías verdes son el futuro”.
Vía: iEco Clarín
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