¿Dónde quedaron las alternativas ecologistas?
El articulo de Paul Kennedy afirma que el sueño de lograr una sociedad global más sostenible, equilibrada y equitativa sufre en todas partes los embates de las urgentes necesidades energéticas y alimentarias.
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Son muchos los que pierden, en este nuevo mundo de petróleo y alimentos caros: los pobres de casi todas partes, las clases medias bajas, la industria aérea, las empresas importadoras de alimentos, etc. Como si eso fuera poco, ahora emerge una nueva víctima. Se trata del sueño ecologista de lograr una sociedad global más sostenible, equilibrada y equitativa. Esa visión de una Tierra armoniosa se encuentra amenazada por todos los flancos. Algunos lectores pensarán que puede ser una conclusión un tanto extraña. ¿Acaso el elevado precio del petróleo no hace que reduzcamos el gasto? ¿Esto no nos lleva a pensar en fuentes alternativas de energía, a barajar la energía solar y la térmica, la eólica y la de onda; en definitiva, a concretar nuevas medidas de conservación de la energía?
Sí, en efecto. Pero al mismo tiempo también lleva a las autoridades a adoptar políticas a las que el movimiento se opuso, a menudo con éxito, en los últimos cuarenta años. Desesperados por mitigar los golpes que inflige el petróleo y por evitar el descontento político y social, los gobiernos recurren a medidas que producen escalofríos a la mayor parte de los ecologistas.
La lista es larga. Mientras las familias del norte vuelven a las estufas de leña, las comunidades de los trópicos intensifican la tala y la quema y en India los más pobres queman estiércol y querosene dudoso. En un plano más amplio, en el Congreso de los Estados Unidos hay presiones para aumentar la perforación y la extracción en zonas marinas que suponen un riesgo medioambiental, a lo largo de las vertientes del norte de Alaska y hasta en buena parte del estado de Nueva York. Muchos gobiernos vuelven a la energía nuclear y proyectan decenas de nuevos reactores que se sumarían a las numerosas plantas de combustión de carbón que se están construyendo.

Por supuesto, los ecologistas resisten, pero cabe preguntarse si sus facultades organizativas serán suficientes en estos tiempos problemáticos; vale decir, si serán suficientes para imponerse a las presiones, argumentos y campañas en sentido contrario: los argumentos respecto de la seguridad nacional y la necesidad de reducir la dependencia de fuentes de energía extranjeras e inseguras; las presiones para que se aumenten los subsidios al combustible en los países en vías de desarrollo; y las campañas a favor de la reducción de impuestos al petróleo y el diesel en el caso de los pescadores, los camioneros y las pequeñas empresas de los países industrializados.
En momentos en que los productores rurales del Medio Oeste se convierten virtualmente al monocultivo y vuelcan miles de hectáreas de soja y trigo al maíz, el precio de la primera aumenta al ritmo de la reducción de la oferta. Eso ya no es -tal vez nunca lo fue- una cuestión de golpe al bolsillo. Cuando el incremento del precio de la importación de soja obliga a los productores rurales chinos a faenar sus cerdos y a protagonizar protestas violentas, los efectos también pasan a ser políticos.
Eso nos lleva al segundo asalto contra las viejas premisas de los ecologistas: la esperanza de avanzar hacia una producción ecológica (léase “orgánica”) de alimentos en la que los productores rurales locales reciban un precio digno (léase “productos de comercio justo”) por parte de consumidores saludables y agradecidos.
La crisis energética no sólo pone a muchos de esos productores rurales y pescadores contra la pared, sino que el creciente costo de los alimentos en general, junto con el aumento de la demanda de más de mil millones de asiáticos más prósperos, también alienta la reedición de medidas que los ecologistas siempre rechazaron.
En mi opinión, no hay duda de que los argumentos a favor de la producción de alimentos transgénicos tienen en la actualidad mucho más posibilidades de lograr aceptación que, por ejemplo, hace diez años. Si se comparan las innegables necesidades alimenticias de 6.500 millones de personas (9 mil millones para 2050) con los temores y proclamas a menudo infundadas respecto de los alimentos transgénicos, surge una consecuencia probable: que la demanda de alimentos en muchas sociedades va a desbordar las aprensiones en relación con el método de producción. La situación experimenta otra vuelta de tuerca, ya que la inseguridad en relación con la oferta de alimentos ya dio lugar al surgimiento de grupos de presión agrícolas proteccionistas desde Francia hasta Japón, los cuales justifican los aranceles altos como barrera contra los alimentos extranjeros, ya que sólo mediante el mantenimiento (o hasta el aumento) de esas barreras el país puede garantizar que haya pan y manzanas en la mesa en épocas de crisis.
Esas afirmaciones egoístas no pueden sino preocupar a los economistas del desarrollo, que sostienen que la mejor manera en que, por ejemplo, Europa puede contribuir a que Africa prospere sería permitir la importación ininterrumpida de alimentos a los efectos de mejorar la vida de millones de productores africanos de fruta, aceite de oliva, cereales, vino y otros productos. No importa qué tanta fuerza tenga ese argumento, ahora son escasas las posibilidades de que se concrete, así como las de establecer un régimen de libre comercio agrícola global.
El aumento de las perforaciones petrolíferas en zonas sensibles, el regreso de la energía nuclear, la deforestación tropical y boreal, la popularidad del etanol de maíz, el vuelco hacia la agricultura transgénica y el mayor uso de fertilizantes, así como el impulso que recibe el proteccionismo agrícola del Primer Mundo, constituyen un pronóstico alarmante para los Amigos de la Tierra. También debería serlo para todos nosotros. La amarga verdad actual es que las cosas se les hacen cada vez más difíciles a los defensores de un planeta más limpio y amable.
Vía: clarín
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