Junio 28, 2008

La cultura, clave del desarrollo

imagesbk.jpgLos procesos silenciosos que forman el capital social tienen cuatro dimensiones: clima de confianza en las relaciones interpersonales, capacidad de asociatividad, conciencia cívica y valores éticos predominantes.
La idea economicista en la que se ha educado a la región durante años dice que lo que cuenta son los factores macroeconómicos.

Los latinoamericanos se han acostumbrado a razonar en términos de que, si la tasa de inflación es baja, serían prósperos y si, además, el producto bruto per cápita fuera alto, se hallarían en pleno bienestar. Han aprendido muy duramente que eso difiere de la realidad. Así, durante el período de Menem en Argentina en los noventa la tasa de inflación fue ínfima y el producto bruto per cápita de 9.000 dólares y, sin embargo, las cifras de pobreza se triplicaron durante ese mismo período.

El desarrollo no está asociado exclusivamente con esos indicadores. Actualmente, está abriéndose paso una perspectiva mucho más amplia en la discusión de cómo se alcanza el desarrollo, y ahí es donde surge la idea de capital social.

Rehabilita una serie de procesos silenciosos que se dan dentro de la sociedad y que hoy es posible observar cómo influyen en la realidad a través de los nuevos instrumentos de medición de las ciencias sociales. Las investigaciones pioneras de Robert Putnam, de la Universidad de Harvard, y de James Coleman mostraron que hay distintos factores extraeconómicos que pesan fuertemente en el desempeño de los países en términos de progreso económico y tecnológico, y en la sustentabilidad del desarrollo.

Se les llama capital social y todo tiene que ver con la cultura.

El capital social tiene por lo menos cuatro dimensiones. La primera es el clima de confianza en las relaciones interpersonales. En qué medida la gente confía unos en otros en una sociedad. Cuanto más confianza, más fluidez en las relaciones económicas y más transacciones son posibles. Cuanto más desconfianza, mayor es el «coste del pleitismo», es decir, de pagar a terceros (abogados, policías, jueces) para que protejan el cumplimiento de los compromisos.

La segunda dimensión es la capacidad de asociatividad. La capacidad de una sociedad para construir formas de cooperación desde las más elementales, como cooperar con el vecindario para hacer cosas juntos, cuidar a los niños, ayudarse, hasta las más elaboradas, como ser capaces de hacer una gran concertación nacional sobre el modelo de desarrollo. La capacidad de asociatividad fue determinante en la suerte política de una serie de países contemporáneos. Por ejemplo, gracias a los Pactos de la Moncloa, España logró liberarse del franquismo; gracias a la Concertación Democrática en Chile, amplio frente de 18 partidos políticos, fue posible salir de la dictadura de Pinochet.

Las capacidades «sinérgicas» de una sociedad desde lo mayor –pactos nacionales en gran escala–, hasta lo menor –relaciones de cooperación solidaria diaria–, son muy relevantes para el desarrollo y forman parte del capital social.

El tercer componente del capital social es la conciencia cívica. Cómo la gente actúa frente a todo lo que es de interés colectivo, desde cuidar los espacios verdes y el transporte público hasta pagar los impuestos. Todo ello es indicativo del nivel de conciencia colectiva en una sociedad.

El cuarto componente del capital social, absolutamente decisivo, son los valores éticos predominantes en una sociedad. El discurso económico ortodoxo, además de sus efectos macroeconómicos regresivos en América Latina y otras regiones que identifica con precisión el Premio Nobel de Economía (2002), Stiglitz, ha tenido consecuencias culturales muy importantes.

Ha expulsado virtualmente del escenario la discusión sobre los valores éticos. Las investigaciones recientes vinculadas con capital social indican que los valores éticos predominantes en una sociedad son decisivos en lo que a esa sociedad le puede pasar. Amartya Sen (1997) dice que «los valores éticos de los empresarios y profesionales (dos grupos claves de una sociedad) son parte de los “activos productivos” de esa sociedad». Si los empresarios y profesionales están a favor de invertir en el país, del progreso tecnológico genuino, de pagar los impuestos, del crecimiento compartido, ello será altamente positivo. Si, en cambio, están a favor de maximizar el lucro inmediato, de aprovecharse de cada oportunidad para corromper a todo funcionario público corruptible, de extraer todo lo posible del país para enviarlo a un paraíso fiscal, es otra cosa. Va a ser totalmente distinta la situación. Por eso, dichos valores son parte de los “activos productivos” o de los “pasivos productivos” de una sociedad. La incidencia de los valores éticos predominantes puede ser decisiva a favor o en contra.

Impactos de la ética y la cultura
Algunos casos que lo ilustran son los siguientes: Primer ejemplo. Se pregunta: ¿Por qué países como Finlandia, primero en el mundo en la tabla de Transparency International y los escandinavos en general, tienen una corrupción inexistente o de muy baja presencia?

Se podría suponer que deben tener un sistema legal draconiano que vigila cada comportamiento de los actores de la sociedad y que las penas para la corrupción son las máximas. No es así, tienen una legislación normal y las penas usuales. Pero tienen algo muy importante, un desarrollo cultural, en donde la corrupción es inadmisible como comportamiento social.

Si apareciera un corrupto, su esposa y sus hijos le harían la vida difícil, sus amigos lo erradicarían de su círculo social y la sociedad entera lo excluiría. La corrupción está deslegitimada por la cultura de esas sociedades.

Eso no es magia. La cultura se construye, es un ejercicio permanente a través de la educación de los medios, de los modelos de referencia y de instituciones concretas. Así, el primer ministro de Noruega instituyó una Comisión Nacional de Valores Humanos, no por la corrupción sino para que en todos los colegios y municipios del país se discutan todo el año los nuevos desafíos éticos de esa sociedad. Que la discusión ética sea parte de la vida cotidiana. Noruega ha generado un código de ética respecto a las políticas públicas y las relaciones comerciales y financieras con el mundo del desarrollo para garantizar niveles de coherencia ética (Vollebaek, 2004). Así, el Fondo de Inversión Petrolera de Noruega, uno de los mayores del mundo con 300.000 millones de dólares, asombró publicando una lista de 13 empresas multinacionales de las que decidió retirar sus inversiones por sus conductas reñidas con el código de ética del Fondo, desde la venta de armas hasta el maltrato a los empleados. El New York Times enfatizó: «En Noruega, su dinero sigue a su ética». Son sociedades que cultivan sistemáticamente esos valores y eso les ha aportado estos resultados tan positivos en términos de corrupción.

Se podría pensar que en los países nórdicos hay leyes que regulan que las distancias sociales entre lo que ganan unos y otros deben ser reducidas. En Noruega, por ejemplo, la proporción entre lo que gana un empresario privado respecto a lo que ganan los operarios es tres a uno –en América Latina la distancia entre el 10% más rico y el 10% más pobre supera los 50 a 1 y las diferencias salariales son enormes.

No hay en el mundo nórdico leyes al respecto. Los dirigentes de la Central de Empresarios Privados de Noruega suelen explicar que los empresarios privados del país ganan mucho menos que los empresarios privados promedio de los países desarrollados, pero no tienen ninguna duda en este comportamiento porque el igualitarismo es un valor central de la cultura de estos países.

Su cultura valoriza la igualdad. Igualdad de oportunidades e igualdad real. Esto es vida cotidiana. En un encuentro reciente señalaban que los noruegos tienen normalmente un bungalow para pasar los fines de semana, en las afueras de Oslo, y dicen que sería mal percibido tratar a toda costa de tener un bungalow de calidad superior a la de los otros. Rechazan la ostentación. Decían que en Noruega, en definitiva, «está muy mal visto ser muy rico».

Este valor cultural ha sido construido a través de procesos educativos sistemáticos. En diversos países de la región las tendencias fueron en sentido opuesto en las últimas décadas: la cuasi legitimación de la corrupción y de las grandes desigualdades.

Otro valor cultural es la solidaridad familiar –el peso que tienen las estructuras familiares en muchas sociedades latinoamericanas–, por el que sienten que tienen que tratar de ayudar al padre y a la madre, a los hermanos, a los hijos, a los familiares cercanos. Véase entonces cómo los valores culturales pueden incidir. Las lealtades familiares están produciendo desde hace 10 años el mayor ingreso de capitales de Latinoamérica.
El Nobel Amartya Sen (1998) llama al modelo ortodoxo el modelo de «Sangre, Sudor y Lágrimas». Explica que es irreal que haya un sólo modelo económico. Hay diversos. Hay un modelo nórdico, un modelo del Sudeste Asiático, un modelo económico de Europa Occidental, un modelo de Canadá, un modelo de los Estados Unidos; cada sociedad de acuerdo a su historia.

Es preciso conectar sistemáticamente la acción entre las políticas sociales, económicas y culturales. En un modelo de desarrollo integrado, la cultura puede ser un camino muy potente para reforzar todo lo que se debería hacer en el campo de la acción social. Así, por ejemplo, los niveles de exclusión en la región son fenomenales. La exclusión es un fenómeno complejo, produce el aislamiento de la persona, un descenso de la autoestima personal, daños psicológicos. La Facultad de Psicología de la Universidad de Buenos Aires (UBA) (Tausk, 2002) realizó un estudio sobre qué le pasa a las personas cuando están desocupadas por períodos prolongados, entrevistando a desocupados argentinos. Desgraciadamente pasan cosas muy penosas, en su salud psíquica, en su autoestima, en su autovaloración. La investigación de la UBA dice que hay un porcentaje de personas que empiezan «a destruirse a sí mismas y a sus familias».

Si se ponen en marcha políticas culturales activas, con un respaldo público fuerte, orientadas a amplios sectores desfavorecidos, la cultura puede ser un camino hacia la inclusión que refuerza los otros caminos. Lo que puede hacer la cultura en devolución de la autoestima de grupos marginados es de mucha relevancia. Los seres humanos pueden perder todo, pero son portadores de cultura. Incluir activamente en las políticas culturales a los grupos marginales excluidos como, entre otros, los indígenas, es un camino para devolverles la autoestima colectiva. El respeto y la movilización de su cultura valorizará a las personas y al grupo.

La UNESCO propuso que las escuelas abran los sábados y domingos y se ofrezca allí un espacio fundamentalmente cultural con una amplia oferta para la población más vulnerable. La idea es convocar a los jóvenes excluidos a ese espacio de expresión y de desarrollo de potencialidades literarias, musicales, artísticas y otras. El proyecto se llama Escuela Abierta y está teniendo excelentes resultados. La capacidad de convocatoria que tiene la cultura en los sectores más pobres es muy importante. La cultura puede ser un factor de inclusión fundamental. Las tasas de criminalidad descendieron en esas escuelas y en el entorno.

Vía: Revista Noticias

Otros artículos relacionados: OBJETIVOS, METAS E INDICADORES DE DESARROLLO DEL MILENIO, DECLARACIÓN DEL MILENIO, MANIFIESTO POR LA VIDADÍA INTERNACIONAL DE LUCHA CON LA DISCRIMINACIÓN RACIAL, EL MALTRATO A LAS MUJERES Y LA DISCRIMINACIÓNUN CONTINENTE EN TIEMPOS DE MUJERLA VIOLENCIA CONTRA LAS MUJERES

TrackBack

TrackBack URL para esta entrada:
http://www.dsostenible.com.ar/nueva/2008/06/28/la-cultura-clave-del-desarrollo/trackback/

Escribe tu comentario