¿Existe un futuro para las ballenas?
La conferencia del Dr. Roger Payne, presidente del Whale Conservation Institute/Ocean Alliance es seguido por quienes apoyan el trabajo con las ballenas. A continuación partes de su conferencia:
Voy a comenzar con un mensaje muy directo: Las ballenas no están a salvo. Si bien existe una moratoria sobre su cacería, el número de ballenas que se matan cada año está aumentando. Siendo el mayor mercado para su carne, Japón controla la industria ballenera: sus balleneros van año tras año a la Antártida para matar un número mayor de ballenas cada vez. También cada año agregan nuevas especies a la lista de ballenas a matar. Este año agregaron las ballenas jorobadas, las cantantes / compositoras / poetas entre sus pares, pero luego revirtieron esa decisión. Aunque sólo prometieron que no cazarán ballenas jorobadas esta temporada; no lo descartaron para años futuros. Se incorporaron grandes innovaciones a los equipos de pesca y, al mismo tiempo, los dañinos efectos secundarios de muchos químicos nuevos que facilitaban la vida de la gente por fin estaban saliendo a la luz. Ahora, los problemas ambientales son mucho más complejos de lo que eran hace 30 ó 40 años.
Hay una especie de cetáceo que los humanos hemos llevado a la extinción, un delfín que vivía en el río Yangtzé. Sería lindo poder culpar de ese fracaso a la ignorancia de nuestros ancestros, pero desafortunadamente es el legado de nuestra propia generación. Los delfines del río Yangtzé fueron declarados extintos recién el año pasado. No es que haya sido un secreto lo que ocurría: simplemente nadie se tomó el trabajo de hacer algo significativo para impedirlo. Esto muestra que incluso cuando una criatura tan magnífica como un cetáceo está amenazada de extinción, nuestra especie es capaz de quedarse sentada, observar, y dejar que las cosas sucedan.

Analizando algunas grabaciones de Frank Watlington, Scott McVay y yo descubrimos que esos sonidos aparentemente azarosos son en realidad largas secuencias fijas de sonidos que las ballenas repetían sin fin cada algunos minutos. Por ello, así como a las repetidas voces de las aves, ranas e insectos se las llama canciones, también es adecuado llamar canciones a las interpretaciones de las ballenas. Durante varios años regresé a Bermuda con mis propios hidrófonos, e hice muchas grabaciones que combiné con las de Frank para hacer una grabación fonográfica. Mientras trabajaba con ballenas jorobadas, con frecuencia se acercaban al bote (mucho más pequeño que las ballenas), y nunca eran agresivas; o, para ser más preciso, si eran agresivas, yo no lo percibía. Entonces, un día, mientras estábamos con lo que parecía un grupo pacífico de ballenas jorobadas que nadaban lentamente alrededor del bote, me metí en el agua con un snorkel y una máscara, y por primera vez vi los movimientos extraordinariamente gráciles y fluidos de estas criaturas.
Siempre había sentido que una persona no salvaría a ningún animal a menos que éste la impresionara, le interesara, o mejor aun, la enamorara. Quería que más gente se interesara en las ballenas. Y entonces, cuando vi la belleza de esas ballenas jorobadas comprendí que si todos pudieran escuchar sus canciones y ver por televisión lo que acababa de ver, la humanidad quizas se enamoraría de las ballenas, y no se quedaría sentada dejando a balleneros sacrificarlas para producir alimento para gatos y lápices labiales —dos de los principales productos para los que se mataban ballenas en aquel tiempo (actualmente, el sushi es su principal uso)—.
No sólo las ballenas jorobadas cantan: las ballenas azules y sus primas cercanas, las ballenas de aleta, cantan canciones simples que son los sonidos más fuertes producidos por cualquier animal en la Tierra. De hecho, descubrí que estos sonidos probablemente les permitían (antes de que el océano se llenara de los sonidos del tráfico de barcos) escucharse a través de océanos enteros, con un límite superior de distancia de 20.000 kilómetros.
En 1982 se aprobó una pausa en la cacería de ballenas por una mayoría del 75 por ciento de los votos en la Comisión Ballenera Internacional —la CBI, el cuerpo que regula su cacería—. La pausa entró en vigencia en 1986. Se logró mediante la determinación de una cuota cero para todas las actividades de cacería comercial de ballenas. La mayoría de los autores se refiere a este paso como la “moratoria”, pero Japón, no quería ver instalado este precedente, y entonces acordó una cuota cero, y no una moratoria. Japón también reclamó que si la CBI declaraba una moratoria a la cacería de ballenas estaría extralimitándose en su autoridad.
En aquel tiempo, Japón, Noruega e Islandia eran las mayores naciones balleneras. Y cuando se votó la cuota cero, Noruega de inmediato aprovechó una disposición en la Convención para la Regulación de la Ballenería (el acuerdo que la CBI debe implementar). Esta disposición dice que cuando una nación no acuerda con una decisión que la mayoría ha aprobado (incluso una mayoría del 75 por ciento, como en el caso de la cuota cero para la ballenería), tiene noventa días para presentar una objeción, y si lo hace, se la exceptúa en forma automática de atenerse a la decisión. Sin embargo, si pasan 90 días sin que dicha nación presente una objeción, ésta deberá atenerse a la decisión (a menos que una mayoría del 75 por ciento la rescinda en una fecha posterior). Así, Noruega presentó una objeción a la cuota cero dentro del período de 90 días, lo que hizo que para dicho país fuera legal ignorar la cuota cero y determinar su propia cuota del número de ballenas a cazar. Pero Japón e Islandia dieron un paso mucho más insidioso; aprovecharon un vacío legal que les dio una libertad mucho mayor, no sólo para continuar cazando ballenas, sino además para expandir la cacería en áreas nuevas y muy vastas. Afirmaron que cazaban ballenas para estudiarlas, que no hacían cacería comercial: hacían ciencia. Un vacío legal en una disposición de la Convención Internacional para la Regulación de la Ballenería permite a los países matar tantas ballenas como quieran si las matan con fines científicos.
La llamada cacería “científica” es un ardid mucho mejor que la simple objeción dentro de los 90 días a las decisiones que no te gustan: ésta sólo convierte en legal el ignorar la decisión particular que objetás. Pero si un país afirma que hace ciencia puede ignorar todas las leyes aprobadas por la CBI para proteger las reservas de ballenas, simplemente diciendo que para hacer sus estudios científicos deben violar esas leyes. Así, haciéndose pasar por científicos, los balleneros pueden matar especies protegidas, incluyendo las especies más “críticamente en peligro”, como las ballenas francas y las azules, o las meramente “en peligro”, como las ballenas de aleta, las sei, las jorobadas y los cachalotes. Los balleneros que se hacen pasar por científicos también pueden ignorar temporadas de veda, restricciones de tamaños mínimos y prohibiciones de matar madres y crías. También pueden usar cualquier método para matarlas, incluso aquéllos prohibidos porque es muy probable que sean devastadores para las reservas balleneras o que han sido declarados ilegales por inhumanos.
La mayor recompensa que un ballenero puede obtener al hacerse pasar por científico es lograr ignorar dos prohibiciones significativas en el uso de buques balleneros: la prohibición de usar buques factoría en aguas templadas, que ya tiene 70 años e incluye todo el Océano Atlántico, y la prohibición más reciente de usar buques factoría para capturar cualquier otra especie de ballena además de la ballena minke. Debido a estas sutilezas, Noruega sólo logra burlarse de las cupos de captura, mientras Japón lo hace con todas las demás leyes, además de los cupos. Y al hacerlo, ya no tiene que enfrentarse a ninguna competencia significativa de las naciones balleneras que se atienen a la moratoria. Por cierto, sin duda, hay algunas cacerías aborígenes de subsistencia en otros países, pero sólo involucran unas pocas docenas de ballenas por año.
Mientras esto sucedía, Australia lideraba un movimiento para oponerse al RMP con el argumento de que la cacería comercial era una actividad cuya reanudación no debería permitirse. Varios otros gobiernos con ideas similares se unieron a Australia para oponerse a la continuación de la cacería comercial, lo cual, a pesar de lo atractivo que esto sería para quienes querríamos ver su fin, estaba destinado a fracasar, dado que no había suficientes votos en la CBI para terminar con la ballenería en base a cualquier acuerdo de no utilización del recurso. La razón de la falta de votos era el resultado de lo que Japón llamaba eufemísticamente su “programa de consolidación de votos”. Éste es un programa que realiza astutos pagos a individuos clave en varios países, más la aplicación de ayuda extranjera (principalmente para proyectos de pesquerías) a cualquier nación en desarrollo que acepte estas coimas levemente disfrazadas. Como resultado, estas naciones en desarrollo envían a las reuniones de la CBI comisionados que votan igual que Japón. Por este medio, Japón ha “comprado” los votos de varias naciones pequeñas, un programa en el cual, según sus propios cálculos, han gastado mil millones de dólares. Por supuesto, la división que el movimiento liderado por Australia generó entre las fuerzas anticacería benefició mucho a Japón y Noruega, que, a pesar de sus protestas en contrario, no habrían logrado elevar sus actuales cupos de captura a los niveles actuales si el RMP hubiera entrado en vigencia.
El retorcimiento más imaginativo de todos es el más reciente. Proviene de los científicos que asesoran a los balleneros de Noruega, y parece ser maravillosamente previsor (hasta podría decirse, noblemente previsor). Sin embargo, en realidad sólo es una manera de permitir que los cupos de caza muy inflados continúen un poco más. Este nuevo e inteligente ardid consiste en afirmar que el manejo precautorio no debería durar sólo 100 años (como estipula el RMP), sino doscientos, o incluso quizás trescientos. ¿Acaso no suena muy bien? Pero el truco escondido aquí es que tal esquema puede estar en concordancia con el RMP si las reservas de ballenas se recuperan antes de que hayan pasado 300 años. Y esto, por supuesto, significa que, bajo dicho esquema, los balleneros podrían continuar dañando las reservas de ballenas hasta reducirlas tanto que se recuperarían en menos de 300 años.
Genial, ¿no?
Vía: Instituto para la conservación de las ballenas
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